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DIAMOND FLASH / España / 2011
Dirección, guión, producción, fotografía y montaje: Carlos Vermut
Directora de Producción: Carmen Martín
Ayudante de Producción: Lola Martín
Ayudante de Dirección: Pablo Hernando y Alberto Carpintero
Intérpretes: Ángela Boix, Miquel Insua, Klaus, Rocío León, Eva Llorach, Victoria Radonic, Ángela Villar


Acabo de ver DIAMOND FLASH. Ahora estoy sentado en el sofá, jugando con las volutas de humo y escuchando a PONY BRAVO, y pienso: ¿tiene sentido hablar de "cine de culto" en la era de Internet?. ¿Ein?. Hace poco más de diez años, DIAMOND FLASH habría sido una película secreta, indescifrable, literalmente inaccesible, viviendo en recónditos festivales y sesiones golfas con olor a porro y naftalina. Una obra sólo disfrutada por unos privilegiados, un rumor que haría babear a cinéfagos omnívoros ansiosos de nuevos ídolos audiovisuales a los que adorar. Ahora cualquiera en cualquier punto del planeta puede acceder a DIAMOND FLASH con un sólo click, legal o alegal, mimetizando el ritual, pero, ay amigos, sin el menor esfuerzo y, probablemente, sin el culto humano acompañando en sala oscura. El culto ahora es instantáneo, incluso con pelis que todavía ni siquiera se han estrenado. No sé si tiene sentido pues hablar de "cine de culto", al menos tal y como lo disfrutábamos hace unos años, pero tengo claro que si hay un film español en la última década que se haya ganado a pulso tan difusa etiqueta, es DIAMOND FLASH

También es un thriller

Primera advertencia: no tenía ni repajolera idea hasta ahora de quién era Carlos Vermut, no estoy metido en el rollete indie megaexclusivo gafapastil (que parece que es su público natural), desconocía que era un prestigioso autor de cómics y cortometrajista y sólo me resultaba familiar su apellido. Como mucho, decir que la película me ha recordado, no sé por qué, algunos cómics de Daniel Clowes. Afronto virgen DIAMOND FLASH. Segunda cosa: mola enfrentar DIAMOND FLASH con esta bendita virginidad, y recomiendo desde ya que dejes de leer esto y te pongas por la labor. Esta película obliga a posicionarse, pues no tiene piedad ninguna con el espectador. Retazos de historias (nunca historias completas) que se entremezclan en aislados bloques narrativos como el homigón (toma paradoja), que exige subliminalmente una total concentración en el respetable, que pasaba por allí, un estado que ralla la hipnosis. No os digo nada si uno se ayuda con una pizca de hierba. Un estimulante desafío o un terrible suplicio, a elegir. 

Vermut: culpable

El desconcierto es total de principio a fin, usando el principio del collage como arma arrojadiza, porque, veamos, en DIAMOND FLASH confluye drama social y existencial, thriller, melodrama familiar, terror, algo de comedia y... ¡tachán!: cine de superhéroes. Todo ello con una parsimonia exasperante en la que el amigo Vermut ha sido poseído por el espíritu de un Ingmar Bergman del s.XXI adicto al cine de David Lynch, la música pop y los tebeos. Las distintas historias de la película se alinean una detrás de otra esperando su turno, más que un puzzle, un tetris que, por supuesto, debemos encajar a nuestro gusto tras ese abrupto final. Pistas metafóricas que suceden ante nuestros ojos mientras nuestra mente se biloca, un trozo encajando piezas, otro volando en espiral. Como toda buena obra onanista, DIAMOND FLASH es larga de cojones (le sobra media hora, fácil), y Vermut no tiene intención de facilitar las cosas en ningún momento. Bien por él. Los personajes hablan, hablan y apenas dejan de hablar un minuto. Vermut los encuadra con la fría delectación de un cirujano, sin implicarse demasiado pero con algunos hallazgos interesantes (la conversación en la cama de las dos amantes, que apenas comparten plano y cuya posición es de clara dominación-sumisión, relación que más tarde se invierte, o esos inquietantes planos a contraluz en el hotel abandonado). Ideas-personajes-diálogos es el terceto sobre el que se construye la película, lo que deja de lado un trabajo visual más elaborado (la película, mayormente, es fea) y que tiene fragmentos más logrados que otros, por lo que el interés fluctúa, siempre sin salir del letargo que esta peli produce. Algunas destacan por su potencia general (la lynchiana primera historia de los dos hermanos y las presuntas fotos), otras por su intensidad (pero que pinchan en su aspecto visual, tosco, plano y sin interés) y alguna que juega la baza de la sorpresa y el toque bizarro (el tronchante tarot de los animales prehistóricos, o la hilarante resolución del segmento de la tortura). Por supuesto, tour de force para los actores, que también basculan entre momentos de una naturalidad impresionante a otros algo forzados, culpa de ciertas lineas de diálogo discutibles. Y en medio de todo ello, entre viejos traumas, malos tratos, sospechas de pederastia, amores complejos y niñas desaparecidas, una especie de visión doméstica del superhéroe, desprovista de cualquier artificio (como la peli en sí) que, si no he entendido mal, entiende la heroicidad como patología, pero a mil kilómetros de las espectaculares debacles con mallas de los yanquis. 

También hablan por teléfono

Os decía antes que DIAMOND FLASH obliga a posicionarse. Pues vale, yo no lo pienso hacer. Recomendad la peli a vuestros mejores amigos o enemigos, a elegir, porque tanto cuatro como ocho cabezas sería una puntuación injusta para una película que vive bajo sus propias normas, un estimulante ejercicio de mirarse el ombligo que no tuvo conflictos entre productor, director, guionista y montador (todos Carlos Vermut), por descontado original, arriesgada e hipnótica, pero que aún no tengo claro si esto es gran cine o un capricho de estilo demasiado autista. En todo caso, merece que la señalemos con el dedo.



- Lo mejor: esa hermosa sensación de lo insólito

- Lo peor: esa bizarra sensación de que te has tirado más de dos horas contemplando bellos bustos parlantes

SIN CABEZAS, AMIGOS


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