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Vamos que nos vamos. Un año más, aquí llegan las deseadas, una más de la listas que por estas fechas inunda la red. Un año este un tanto regulero que nos ha dejado un buen puñado de películas interesantes pero muy pocas realmente grandes. Por ello, selección especialmente complicada, tanto más cuando soy consciente de que me dejo en la recámara bastantes que aún no he visto, algunas de las cuales, seguramente, podrían ir en esta lista.  La mayoría de ellas ya han sido comentadas por aquí, y podéis acceder pinchando en sus respectivos posters. Agradecer, por supuesto, a toda la gente con la que he compartido cine y vida este año, tanto cercanos como virtuales, siempre al tanto, siempre alerta. ¡Gracias! Comenzamos pues con las mejores, doce en vez de diez, homenaje a un año apocalíptico en muchos aspectos y que ya estoy deseando dejar atrás.


12. LOOPER
Los viajes en el tiempo molan. Rian Jonhson nos entregó una cosa rara, una película de ciencia-ficción con clara vocación palomitera y corazón indie, una de acción con poca acción y mucho cerebro, trágica, emocionante y tensa, que remenea los códigos genéricos para narrar la imposible lucha de un hombre contra sí mismo. Imperfecta y contradictoria en sí misma, con una resolución que es pura paradoja espacio-temporal, se beneficia, además, de un terceto de actores, (Gordon-Levitt, Willis y un felizmente recuperado Jeff Daniels) en estado de gracia, y de una cada vez más crujiente Emily Blunt. Johnson confirma que lo de BRICK no fue casualidad. 


11. EL CABALLERO OSCURO: LA LEYENDA RENACE
Aunque es demasiado larga, exageradamente grandilocuente y fundamentalmente repetitiva, el cierre de Christopher Nolan a su trilogía del murciélago vengador mantiene el tipo con autoridad y se distancia sin mucho problema de las infantiloides visiones superheroicas de sus competidoras, añadiendo un subtexto social relevante a las sombrías y esquizofrénicas andanzas de Bruce Wayne y su alter ego. Aun siendo la más floja de las tres, y con un guión más que discutible, la maestría con la que Nolan dilata el suspense y su magnífico climax final y conclusión consiguen que la película nunca caiga en la mediocridad, y que a ratos nos regale gran cine.


10. THE TALL MAN
Tan sorpresiva a primera vista como coherente en un segundo visionado, Pascal Laugier coge el toro por los cuernos a la hora de afrontar su aventura americana tras la tremenda MARTYRS, obra el milagro de convertir a la maciza Jessica Biel en un guiñapo humano (y en estupenda actriz) y nos ofrece una película absorbente de principio a fin, de una factura elegante, fría y hermosa, algunos dirán que tramposa (yo no), y que aunque en apariencia es mucho menos radical que su precedente, sirve la polémica en bandeja desde ese giro a mitad de metraje y un plano final de traca. Y, pese a poster, marketing y trailers falsarios, no es de terror.


09. PARANORMAN
Ha sido un año este también regulero en animación, sin obras maestras a la vista, pero vibrante en una de sus técnicas más viejas: el stop-motion. Tras la maravilla de LOS MUNDOS DE CORALINEPARANORMAN asienta al estudio Laika en el panorama mundial, quizás un escalón por debajo de su predecesora, lo que no impide que sea una absoluta delicia para todos los públicos, en especial para los niños que les (nos) gustan los monstruos, en una película encantadora, primorosa en sus detalles y más subversiva de lo que parece en superficie, de una belleza formal exquisita, capaz de hacer saltar a los más pequeños de emoción y a los padres más carcas de puro desconcierto.


08. EL HOBBIT
Aunque algunos están deseando el fracaso artístico de Peter Jackson (y ya lo proclaman a los cuatro vientos), EL HOBBIT esta lejos de resultar un batacazo. Es cierto que peca de reiterativa en sus apabullantes secuencias de acción (en las que Jackson pone sin rubor el piloto automático), que no asume riesgos y que, por tanto, no hay sorpresas, pero a cambio Jackson nos regala secuencias memorables, curiosamente, en los momentos más íntimos y menos aparatosos de la función, y mantiene intacto su sentido de la aventura y su belleza plástica. Mucho menos potente que EL SEÑOR DE LOS ANILLOS, de momento, pero la novela que adapta también lo era.


07. FRANKENWEENIE
Tim Burton ha tenido que viajar mentalmente casi treinta años atrás, mirarse al espejo y reconciliarse con su viejo amor, la animación stop-motion, para recuperar parte del empuje creativo perdido. Sentido y sincero homenaje a todo aquello que fue el motor de su talento, las películas de monstruos, Burton recupera su mirada más fresca, triste y melancólica, y también su veta más inquietante, para regalarnos una obra pequeñita, de aromas añejos y deliciosa factura, sin alardes innecesarios y con una galería de personajes fabulosa, que, ahora sí, nos recuerda por qué amamos tanto al tipo que creó a BITELCHUS, EDUARDO MANOSTIJERAS o ED WOOD


06. COSMOPOLIS
Justo cuando David Cronenberg ya ha salido del zulo genérico, se ha ganado a la crítica mainstream (conservadora por definición), y sus films cada vez nos dicen menos a sus viejos seguidores, entrega su película más radical y turbadora en años. Ni siquiera ha tenido que regresar al terror para dejar patidifuso al personal, adaptando una de esas inadaptables mediante un desconcertante puñetazo de autor en la mesa. Película muy difícil, peligrosamente discursiva, pero también hipnótica, que te mantiene pegado al asiento mientras su nihilista trasfondo crece bajo la piel como un tumor, y logra que Robert Pattinson parezca un gran actor. Gore intelectual para el s.XXI.


05. THE CABIN IN THE WOODS
Este año todo el mundo aplaude a Joss Whedon por LOS VENGADORES, pero yo le prefiero en sus tareas de coguionista y productor del divertimento más absoluto y gozoso del año. Cuando uno ya está curado de espanto (y aburrido) de tanta serie B funcional sin fundamento, Whedon y su compinche Goddard logran la carambola perfecta con una deconstrucción genérica para los anales, que en vez de seria y sesuda es ligera y divertida, multirreferencial pero autónoma por sí misma, y tremendamente inteligente y entretenida. Una montaña rusa desenfrenada que no engaña a nadie y que te mantiene en tensión porque nunca sabes cuándo va a llegar el loop. Genial.


04. TAKE SHELTER
La mejor interpretación del año tiene un nombre: Michael Shannon en TAKE SHELTER, que quizás sea de 2011, pero no la quiero dejar pasar. Drama psicológico en la misma frontera del cine de género, en la vena de la enigmática LA ÚLTIMA OLA de Peter Weir y similares, la película de Jeff Nichols nos sumerge en una pesadilla a la luz del día preñada de extraños presagios, dolor existencial e incomunicación, una angustia vital que recorre cada surco de la jeta de Shannon, un prodigio de actor, en un film en el que aparentemente no ocurre nada relevante, pero en el que el mal rollo te va envenenando y su apocalipsis a pequeña escala toca la fibra.



03. CHAINED
Le ha costado lo suyo, pero Jennifer Lynch, la hijísima, por fin se ha graduado cum laude como autora, y no me rechisten, porque CHAINED es un peliculón. Si el cine de psicópatas "realistas" ya estaba más que agotado, mrs. Lynch nos reta a una vuelta de tuerca que ahonda en el  novedoso punto de vista de la historia, convirtiendo lo que parecía predecible en una malsana crónica familiar sobre la emancipación  adolescente. Elegante y cadenciosa como ella sola, minimalista sin caer en lo teatral, muy dura cuando ha de serlo, CHAINED consagra a su directora, y las magras carnes de Vicent D`Onofrio nos regalan la segunda mejor interpretación de año.


02. LAST DAYS HERE
Si tuviese que elegir la película que más me ha emocionado, de verdad, éste año, sería LAST DAYS HERE. Demostrando de nuevo lo lejos que puede llegar un documental cuando hay talento e ideas claras detrás, esta crónica sobre la reciente etapa vital de Bobby Liebling, cantante de los Pentagram, cala muy hondo y remueve la patata. No hace falta ser un hard rockero de pro para disfrutar de esta joya total, que tiene la inteligencia de tratar esta increíble historia como una ficción en su estructura, manteniendo la tensión y el suspense hasta el final. Emocionante, vital, sincera, dura, tierna, amor y muerte resonando a la vez en la pantalla. Indispensable.



01. MOONRISE KINGDOM
Y finalizamos la lista más ecléctica de la historia de este blog con, sin duda, la cosa más hermosa del año. Si en 2011 el puesto alto del podium fue para esa obra maestra bárbara y brutal titulada THE WOMAN, 2012  se despide con una película luminosa y transparente, una fábula infantil que es pura vida y puro cine, que habla de asuntos esenciales de la existencia con la ligereza de una pluma revoloteando en la brisa del atardecer. Si Wes Anderson ya era uno de los cineastas más interesantes del panorama, MOONRISE KINGDOM supone para un servidor su película más redonda hasta la fecha, un relato coral de una calidez y una sensibilidad propias de un tipo que, ahora sí, ha logrado imprimir su mirada en cada fotograma sin necesidad de subrayados ni excesos, con una plástica visual única, una sabiduría vital digna de los grandes y una perpetua sonrisa en los labios. Gracias.


PD: ya sabéis que esto no es todo, amigos. En breve, las habituales DELICATESSEN y, por supuesto, los grandes chascos del año. Sigan atentos a sus pantallas...


FRANKENWEENIE/EEUU/2012
Nos damos un respiro del sr. Argento para encarar la última película de Tim Burton, que recordemos este año ha estrenado también DARK SHADOWS, dos pelis, algo insólito. Añorado regreso al que fue su segundo cortometraje homónimo, todavía acurrucado entre los senos de Disney, Burton parece consciente de la preocupante pitopausia creativa que atesora desde hace ya unos años y vuelve la vista atrás, quizás hasta llegar a aquel muchacho de pelambrera imposible cuyo talento incontrolable le salía por todos los poros. Transmutando la imagen real por animación stop motion pero manteniendo un primoroso blanco y negro, Burton consigue lo que ya parecía imposible: recuperar el brío y las ganas de hacer cine yendo a lo más básico, a lo que, seguramente, le alimentó desde la más tierna infancia: las películas de monstruos. Porque amigos, FRANKENWEENIE es una película-declaración de amor, rubricada por un cuarentón que, esta vez sí, filma a corazón abierto, dando la espalda a vistosos espectáculos vacíos y artificiosos como su inerte ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS. Ese regreso a los orígenes de la pulsión creativa se siente en cada fotograma de esta hermosa, emocionante y triste película, una especie de altar funerario levantado para rendir pleitesía a todos los monstruos (Vincent Price incluido, ¡cómo no!) dentro de una película pequeña, muy alejada de los alardes  técnicos del cine animado de hoy día, que incluso se atreve a apostar por una animación tosca e imperfecta, pero que engarza con hilo de oro con la calidez y humanidad, con el pálpito sincero que Burton estaba buscando desesperadamente. FRANKENWEENIE está llena de detalles geniales y un diseño de personajes fabuloso, del protagonista al último secundario, tan inquietantes como deben ser, tan desconcertantes como esa especie de niña zombie y su gato mesmerizado, que predice el futuro con sus cacas, tan único como alguna vez fue este genio del cine moderno que aquí abraza un cine añejo y de sombras cadavéricas, pero preñado de humildad y, repito, de pasión reencontrada. Los que ya estaban cavando la tumba de Burton pueden guardar picos y palas. Sin estar a la altura de sus obras maestras, FRANKENWEENIE es la mejor película de Tim Burton en años, y sólo eso ya es motivo de júbilo. Gracias.

- Lo mejor: el particular tono de la película, tan personal e intransferible, esa mirada tan única que no percibíamos, seguramente, desde ED WOOD

- Lo peor: un guión de John August que, mediada la película, pone el piloto automático y no está a la altura de todo lo demás

  CABEZAS






PD: y para curiosos y completistas, aquí va el corto original de 1984. Que lo disfrutéis.

QUATRE MOSCHE DI VELLUTO GRIGIO
Italia / 1972
Dirección: Dario Argento
Producción: Salvatore Argento
Guión: Dario Argento, Luigi Cozzi, Mario Foglietti
Música: Ennio Morricone
Fotografía: Franco Di Giacomo
Reparto: Michael Brandon, Mimsy Farmer, Jean-Pierre Marielle, Bud Spencer, Aldo Bufi Landi, Calisto Calisti, Marisa Fabri


Roberto-Argento, dando palos de ciego

CUATRO MOSCAS SOBRE TERCIOPELO GRIS es una de las más olvidadas de Dario Argento, y, según él, una de las más personales, a varios niveles. El final de la célebre Trilogía de los Animales es, desde luego, la más abstracta, oscura, irregular y osada de las tres y, con diferencia, la de más difícil digestión al primer mordisco. Quizás algo confuso por el resultado final de EL GATO DE NUEVE COLAS, demasiado americanoide a sus ojos, demasiado lastrada por los recursos del relato policíaco al uso (aunque esto es bastante relativo), presto como siempre a la hora de sorprender y experimentar, el cineasta romano se quedó pero bien a  gusto.

¡Sonría al asesino!

En realidad crónica de una tormentosa relación de pareja, retorcida e incluso perversa, Roberto, el protagonista de CUATRO MOSCAS... no es más que un alter ego, hasta en lo físico por las pintas, del propio Argento de entonces, y la chica, crucial en la trama, una traslación de su compañera sentimental, una relación que durante el rodaje ya era tormentosa y que terminó nada más estrenar el film, cosa bastante lógica una vez vista la peli... Pero dejemos a un lado la crónica rosa, amigos. Argento abandona la importancia de la trama per se y se abandona a la experimentación y a la búsqueda de la abstracción formal, tratando de darle a su película una pátina onírica, una especie de juego de muñecas rusas del subconsciente. Buen intento que, lamentablemente, sólo funciona a ratos, sobre todo por la desconcertante (aunque muy divertida) inserción de sus habituales secundarios cómicos, rozando aquí el surrealismo. Sólo así se puede entender a un personaje que se llama Dios (la primera vez que aparece suenan dos "¡Aleluyas!") y que interpreta... ¡Bud Spencer!, o la de su compinche El Profesor, su freak ayudante, por no hablar del cartero (infumable) o Gianni (estupendo Jean-Pierre Marielle), el atípico, inteligente y encantador detective privado gay, a años luz del prototipo macho-man alcoholizado de gatillo fácil, que supongo fue la respuesta de Argento a las ridículas acusaciones de homofobia que algunos progres cegatos  no cesaban de lanzarle a costa de determinado personaje de su anterior obra.

Bud es Dios, Argento su profeta

La otra parte de tan esquizofrénica película, como decía, quiere destilar los elementos del thriller policíaco hasta dejarlos en su mínima expresión, una especie de giallo envasado al vacío en el que, por vez primera, su protagonista es la víctima potencial del asesino desde el minuto uno y todo gira en torno a él. Aunque resulta raruna la pasividad inicial de Roberto ante un peligro inminente tan chungo (el tipo pasa buena parte del metraje como alelado), en cuanto se pone en movimiento la cosa gana enteros, sin abandonar nunca la sensación de claustrofobia y de somnolencia, como una pesadilla a cámara lenta. Por supuesto, la película está punteada por unas cuantas set-pieces en las que su cámara psicológica y el abrupto montaje brillan: la brillante secuencia de introducción, montaje paralelo en un ensayo (Roberto es músico de un grupo de rock progresivo, anunciando ya la sonoridad de unos Goblin que estaban a punto de aparecer), que utiliza el flash-foward y anticipa incluso la obertura de ROJO OSCURO (con telones rojos y teatro en ruinas); la muerte de la sirvienta de Roberto en el parque, con una angustioso tratamiento del espacio (hasta emparedar casi literalemente al personaje); ese movimiento de cámara imposible que une víctima y asesino mediante el hilo telefónico: eso no son formas, son alardes. Para rematar, Argento, tras una epatante "explicación" (discutible), congela el tiempo en la última muerte de la función, con una violencia al ralentí de una plasticidad casi líquida. Fallida aunque interesante, CUATRO MOSCAS SOBRE TERCIOPELO GRIS, muy asimétrica pero con momentos deslumbrantes, Dario Argento seguía con su pertinaz carrera hacia sí mismo, y cuya primera meta, su primer triunfo sin paliativos, ya estaba llamado a la puerta...


- Lo mejor: la osadía de la propuesta y las ganas de búsqueda y experimentación

- Lo peor: las dos películas tan distintas que contiene, que se dan de hostias entre sí

  CABEZAS





IL GATTO A NOVE CODE
Italia-Francia-Alemania / 1971
Dirección: Dario Argento
Guión: Dario Argento, Luigi Collo y Dardano Sacchetti
Música: Ennio Morricone
Fotografia: Erico Menczer
Intérpretes: James Franciscus, Karl Malden, Catherine Spacks, Pier Paolo Capponi, Horst Frank, Rada Rassimov, Aldo Regianni


Muy animado tras el lógico pelotazo de EL PÁJARO DE LAS PLUMAS DE CRISTAL, Argento no tardó ni un año en escribir y rodar su siguiente proyecto, siguiendo de cerca el modelo (su modelo) que tan bien había funcionado en su ópera prima. Así pues, seguimos en los mismos parámetros de ese "refundado" género, el giallo, una fórmula ganadora a la que se añadieron nuevos elementos. Rodeado ya de cierto prestigio y decidido a no dejar pasar la mínima oportunidad, el bueno de Dario consiguió para su segundo film a la primera estrella norteamericana de su filmografía: Karl Malden, uno de los grandes aciertos de la peli junto con la sugestiva y enervante música de Ennio Morricone, que repite. Aunque en un primer vistazo EL GATO DE NUEVE COLAS pueda parecer algo plana en comparación con la anterior, bajo la superficie esconde unas cuantas excentricidades. Tirando del hallazgo de la pareja de investigadores (rollo paterno-filial) que tan bien funcionaba en EL PÁJARO..., la cosa aquí se convierte en algo más bizarro: un viejo periodista ciego amante de los enigmas y los crucigramas, junto con su pequeña  ahijada huérfana, se asocia con un joven periodista con apariencia de surfero californiano (el adonis setentero James Franciscus) para desentrañar una enrevesada trama de espionaje industrial, crueles asesinatos e imposibles teorías genéticas.

La extraña pareja

Tan entretenida como todas, punteada por los ya imprescindibles momentos cómicos otorgados por los secundarios, aquí en la figura del barbero, en una curiosa secuencia que bascula entre la tensión y la parodia, y sobre todo en la figura del amiguete cerrajero de imposible bigotazo y pelazo setenteros, EL GATO... hace referencia a las nueve pistas que los intrépidos protagonistas han de aclarar, paso por paso, acosados por un asesino que, por vez primera, será doble. Pasándose por el forro la coherencia narrativa en más de una ocasión, la sucesión de escenas de impacto, ya sea por la vía bruta (hay un par de asesinatos que ya, poco a poco, van elevando el listón de violencia), por la vía tensa (el crimen interruptus del vaso de leche, que bien podría haber firmado Brian De Palma), por la vía romántica (el forzado affaire entre el adonis y la moza liberal), por la vía cómica ya mentada, por la vía trepidante (la improbable persecución callejera, uno de los escasos tiroteos de su filmografía) o, directamente, por la vía desconcertante, como en la larguísima escena en el cementerio, guiada por un prescindible McGuffin puramente hitchcockiano que resulta ser la primera sequenza lounga de su carrera: un secuencia que podría haber durado dos minutos pero que Argento tensa y estira hasta el límite, una especie de entidad independiente dentro de la propia peli con su propia presentación, nudo y desenlace (impactante esa mirada enloquecida de Malden transformado en espadachín) y que ya será una constante en su cine. Así es imposible aburrirse amigos.

Franciscus, profanando

Por supuesto, un análisis más riguroso de la película deja al descubierto su endeble construcción argumental: algunas cosas suceden porque sí, otros elementos están colocados sólo para impactar (la niña, en realidad, sólo está para ser secuestrada) y su tercio final parece metido con calzador, demasiado apresurado. Pero no nos importa demasiado. EL GATO DE NUEVE COLAS es un peldaño más hacia la búsqueda de una perfección formal que cada vez estaba más cerca, y el giallo ya era una apuesta segura dentro de la industria italiana del momento. Pero los grandes logros de Argento aún estaban por llegar. Tras el el pájaro y el gato, nos esperaban las moscas...

Resolviendo enigmas en braille

- Lo mejor: la intacta capacidad de Argento para entretener e impactar, como buen trilero, aún sacrificando la coherencia o la verosimilitud, y Karl Malden, claro

- Lo peor: apañada y divertida, pero no genial, quizás sea la más rutinaria y atonal de su Trilogía de los Animales

  CABEZAS






L´UCCELLO DALLE PIUME DI CRISTALLO
Italia-Alemania / 1970
Dirección y Guión: Darío Argento
Música: Ennio Morricone
Fotografía: Vittorio Storaro
Intérpretes: Tony Musante, Suzy Kendall, Mario Adorf, Enrico María Salerno, Eva Renzi, Umberto Raho, Renato Romano


En estas entrañables fechas pre-apocalípticas, en las que uno ya no sabe si es peor que se acabe el mundo o que siga igual, me ha invadido la pulsión de darle un buen repaso a Dario Argento. El maestro de la puesta en escena, el esteta de la muerte, el tipo con los títulos más bellos de la historia del cine. Desde el principio y una por una. Cronológicamente. A ver si soy capaz. Comenzamos, claro, por su ópera prima: 1970 y EL PÁJARO DE LAS PLUMAS DE CRISTAL, arranque de muchas cosas, no sólo de su filmografía, obvio, sino de la llamada "Trilogía de los Animales" y, por ende, de la globalización de aquello que dieron en llamar giallo. Siendo estrictos, sesudos y fumando en pipa, EL PÁJARO DE LAS PLUMAS DE CRISTAL no invento el giallo cinematográfico, mérito que seguramente sea del maestro del maestro, el gran Mario Bava con LA MUCHACHA QUE SABÍA DEMASIADO, de 1963. Definir el giallo es una tarea algo frustrante: por mis partes, me conformo con apuntar que sería una especie de hijo bastardo entre el thriller policiaco de investigación y el terror vertiente psycho-killer (aún sin máscara), cuyo apelativo proviene del color amarillo de las portadas de los bolsilibros de segunda que se publicaban en Italia desde la década de los treinta. O algo así como el equivalente italiano al pulp norteamericano. Pero el giallo, también, se construye con tramas rocambolescas, fondo psicoanalítico (delirante a veces) y una pasión desbocada por la puesta en escena de su centro neurálgico, su razón de ser: el asesinato como inquietante método de acercarse al arte. Hasta seis giallos se estrenaron el mismo año que la de Argento, pero por algo EL PÁJARO DE LAS PLUMAS DE CRISTAL fue, de largo, la película que dio la campanada en su género. Sólo hacen falta sus diez primeros minutos para sentir que hay algo de fundacional en esta película, una especie de génesis formal, de construcción de un universo personal e intransferible, puramente argentiniano, que funcionó como espoleta para que, en lo sucesivo, todos los giallos asumieran esos hallazgos visuales y rítmicos como propios. Y el giallo nunca volvió a ser el mismo, amigos.

Argento, mostrando sus armas

Puede ser que para los más puristas del relato policíaco, ésta película, todas las de Argento, y en general cualquier giallo, sufran el "pecado" de la incoherencia o, como decía Hitchcock (uno de los más grandes maestros de Argento junto con Mario Bava), son "películas de refrigerador": las que se disfrutan enormemente en el momento pero que, un par de horas después, cuando vas a la nevera a doblarte una birra, comienzan a asaltar las dudas y agujeros en el guión. A mí eso me la sopla. Me gusta Argento como un auténtico prestidigitador de imágenes, me pierdo en sus deslumbrantes juegos de manos y no quiero saber el truco que yace detrás de sus paranoias y estilo único. 

La galería de arte: fundacional contacto de Argento con la muerte

Todas las obsesiones de Dario Argento ya están en EL PÁJARO DE LAS PLUMAS DE CRISTAL en estado embrionario. Sam (un simpaticote Tony Musante) es un guapetón novelista norteamericano venido a menos que se gana la vida escribiendo sobre ornitología en Roma. Casualmente (y la casualidad, mucho más que la causalidad, es una de las constates de la obra de Argento), al pasar frente a la cristalera de una galería de arte (el cristal y el arte, de nuevo presentes en cada película del italiano) presencia lo que parece una tentativa de asesinato: una misteriosa figura de negro trata de apuñalar a una joven. De pronto encerrado entre la puerta y la sala, en una especie de pecera en la que se convierte en mero espectador, consigue salvar la vida de la chica a cambio de que la suya abandone su burguesa comodidad, su perezosa relación de pareja y se sienta empujada, sencillamente, por la  atracción de la muerte misma. Esta secuencia primeriza, casi el arranque de la película y de su filmografía, es un prodigio total. Su manera de encuadrar, de estirar el tempo narrativo, su tremenda virulencia a través del extraño ensamblaje de planos, su exasperante tendencia a alargar imágenes que cualquier otro habría cortado sin pensarlo, toda la potencia expresiva de Argento ya está puesta sobre la mesa. Desconcertados como Sam, ya estamos inmersos en una entretenidísima investigación en la que los cadáveres (mayormente mujeres) se van acumulando, todavía lejos de la violencia explícita que llegará con ROJO OSCURO, pero donde el asesinato con arma blanca (importante: Dario, como buen cavalier, desprecia las armas de fuego) ya se aproxima a una especie de ritual sacrosanto, igualando la mirada del espectador con la del asesino, con esa cámara subjetiva (que Dario llama "cámara psicológica") que nadie como él sería capaz de articular a lo largo de toda su trayectoria. A Sam le ayuda el inspector Morosini (uno de los personajes-guía que serán frecuentes más adelante, en relaciones paterno-filiales con los siempre jóvenes protagonistas) y los peculiares secundarios que se convertirán en habituales, pequeños delincuentes/outsiders que aportan excentricidad y raruno sentido del humor al cotarro: aquí Alpinista, el entrañable recluso tartamudo, y el estrambótico pintor. 

Sam y el devorador de gatos (¡!)

Apasionante juego del gato y ratón con el asesino, en los que los sospechosos van cayendo brutalmente y el protagonista esconde una pista crucial en su subconsciente (otra constante que pone en solfa la percepción objetiva de personajes y espectadores, treta sublimada más tarde en ROJO OSCURO), EL PÁJARO DE LAS PLUMAS DE CRISTAL es una película, insisto,  fundacional, y que ya se divierte muy mucho al tensar la cuerda entre las expectativas del respetable y las vueltas de tuerca de la historia. Y ojo, con música de Morricone y fotografía de Storaro, casi nada. Un pequeño clásico que sólo sería el primer paso, amigos...


- Lo mejor: toda la obra de Argento ya está en gestación en esta gran película de misterio y muerte, enigmática y fascinante

- Lo peor: su torpe epílogo explicativo-psicoanalítico, imitación del mítico de PSICOSIS, pero que aquí sobra por completo

  CABEZAS





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THE LORD OF THE RINGS
Nueva Zelanda-EEUU/2001-2002-2003

- Dirección: Peter Jackson
- Producción: Peter Jackson, Barrie M. Osborne, Tim Sanders, Frances Walsh
- Guión: Peter Jackson, Frances Walsh, Phillipa Boyens, Stephen Sinclair, basado en el libro de J. R. R. Tolkien
- Música: Howard Shore
- Fotografía: Andrew Lesnie
- Montaje: John Gilbert, D. Michael Horton, Jamie Selkirk
- Efectos Especiales: Richard Taylor para Weta Digital y Weta Workshop
- Diseño de Producción: Grant Major, Alan Lee, John Howe
- Vestuario: Ngila Dickson, Richard Taylor
- Intérpretes: Elijah Wood, Ian Mc Kellen, Viggo Mortensen, Liv Tyler, Sean Astin, Cate Blanchett, John Rhys-Davis, Billy Boyd, Dominic Monaghan, Orlando Bloom, Hugo Weaving, Sean Bean, Ian Holm, Christopher Lee, Andy Serkis, Miranda Otto, Brad Dourif, Karl Urban, Bernard Hill, David Wenham, John Noble


Ayer se estrenó EL HOBBIT: UN VIAJE INESPERADO, el regreso por todo lo alto de Peter Jackson al universo de Tolkien tras un turbulento desarrollo en la producción y el abandono de Guillermo del Toro, resulta interesante echar la vista atrás y recapitular sobre la trilogía original, a diez años vista ya del estreno de su primer fragmento: LA COMUNIDAD DEL ANILLO. Y quiero hablar de la trilogía al completo porque no tiene sentido considerar tres películas: EL SEÑOR DE LOS ANILLOS es una monumental pieza indivisible en sí misma, una titánica obra que, en su versión extendida, alcanza las 11 horas de metraje, lo que la convierte, de facto, en el film en lengua inglesa más largo de la historia del cine, seguido muy de lejos por el HAMLET de Kenneth Brannagh, que superaba las 4 horas. Y es una sola película, no tres, porque vista del tirón (o en sucesivas noches, como el homenaje que me acabo de pegar entre render y render) no hay manera alguna de distinguir una de otra: su perfecta coherencia en fondo y forma la configuran como un sólo relato estrenado en tres entregas, exactamente igual que la célebre novela de Tolkien. Así pues, bienvenidos a la Tierra Media, pequeños hobbits.


A pesar de no haber inventado nada, Tolkien seguramente sea el escritor más imitado del s.XX. Su vasta cosmogonía aglutina y bebe tanto de los clásicos grecorromanos (con LA ODISEA al frente) como de la tradición folclórica celta, nórdica y, en especial, los cantares de gesta medievales y el ciclo de mitos artúricos. Una fascinante argamasa que, aunque tampoco lo inventó, sí que puso de moda en todo el planeta eso que han llamado "fantasía heroica" o "espada y brujería". En fin, considero que EL SEÑOR DE LOS ANILLOS es una de las magnas obras literarias del siglo pasado, mamotreto de más de mil páginas que, como todo clásico, nunca deja de tener vigencia en los temas que subyacen debajo de todo ese cacao épico poblado por hobbits, elfos, humanos, enanos, orcos, magos, trolls y demás criaturas sublimes o malolientes. El poder inevitablemente engendra corrupción, y la corrupción degrada al poderoso y a todo aquel que le rodea. Así que una simple obra de evasión y fantasía para adolescentes, un librito de escape nada más, ¿no?...


Por supuesto, desde el mismo momento de la publicación de EL RETORNO DEL REY, Hollywood acechaba. Se rumorea que los Beatles (!) fueron los que más cerca estuvieron de materializar una adaptación, en una combinación letal de flipe por la novela y por los psicotrópicos, proyecto en el que, atención, Paul sería Frodo, Ringo se pedía a Sam, George vestiría la batamanta de Gandalf y John haría de... Gollum (!!!). Se dice que incluso contactaron con Kubrick, que dio carpetazo al asunto con un tajante: "Esa novela es inadaptable". El siguiente intento serio (o el primer intento serio, más bien) llegó a comienzos los 70 de mano de John Boorman, que quería una visión oscura y muy realista (¿?) del asunto. Una vez más, problemas presupuestarios y logísticos dieron al traste con el asunto, aunque mucho del trabajo de documentación de Boorman se aprecia en EXCALIBUR, su obra maestra. A finales de la década, al fin, se estrena la primera adaptación (animada) a las órdenes del siempre infravalorado Ralph Bakshi, una tan interesante como frustrante adaptación de las dos primeras novelas que se saldó con un descalabro en taquilla, lo que impidió que el tercer libro llegase a las pantallas, un coitus-interruptus que, no obstante, Peter Jackson siempre ha reivindicado por activa y por pasiva. Durante más de dos décadas, el interés de los estudios por levantar la trilogía fue más bien tibio, aunque siempre estuvo ahí. No fue hasta el estreno de CRIATURAS CELESTIALES a mediados de los 90, cuando a Jackson le preguntaron cual sería su próximo proyecto, a lo que respondió sin despeinarse: EL SEÑOR DE LOS ANILLOS. Obviamente, todos en Hollywood tomaron por tarado al orondo cineasta neocelandés al que no conocía ni el Tato fuera del mundillo gore y el circuito festivalero.

La olvidada versión de Bakshi

El proceso de gestación y desarrollo del insensato proyecto de Peter Jackson es tan titánico, fascinante e inabarcable como la película en sí, fielmente documentado en los magníficos documentales que incluyen las versiones extendidas en DVD y Bluray. Antes de entrar en materia, hay que puntualizar un par de detalles: EL SEÑOR DE LOS ANILLOS no es una película norteamericana, sino 100% neocelandesa, completamente al margen del sistema de estudios yanqui y rodada íntegramente en Nueva Zelanda con un 80% del equipo técnico natural de aquellas tierras. O, dicho de otro modo, es una película independiente levantada por un pequeño estudio propio (Wignut Films), cuya empresa asociada de efectos especiales, Weta, se escindió en dos Weta Digital y Weta Workshop para poder afrontar con garantías el proyecto. De hecho, la mayor parte del equipo de Jackson eran habituales en su filmografía, y se dice que reclutó a la mayor parte de estudiantes de cine de la isla para todos los apartados técnicos de la película, creando casi desde cero una industria inexistente. Curiosamente, la entonces escuálida Film Comission neocelandesa, que se llevó las manos a la cabeza por todos y cada uno de los estrenos previos del gamberro y cafre Jackson, se volcó en dar facilidades al proyecto. Se nombró un cargo administrativo temporal para la gestión, coordinación y logística de tan descomunal rodaje (un "Ministro del Señor de los Anillos", je) y se calcula que el PIB de Nueva Zelanda se ha incrementado cerca de un 15% desde entonces sólo por los ingresos generados por estos rodajes. Por otra parte, y al contrario de lo que pueda parecer, la trilogía está lejos de ser tan cara como aparenta: 250 millones de dólares no parece una cantidad muy desorbitada para una película de fantasía épica de 11 horas y con algunas de las imágenes más espectaculares e impresionantes que hasta entonces se habían visto en una pantalla de cine. La próxima entrega de IRON MAN, por poner sólo un ejemplo, tiene un presupuesto similar. Por supuesto, todo el mundo vaticinaba un soberano batacazo, máxime cuando las "tres" películas se rodaron a la vez, en una jugada con escasos precedentes que daba muestras, por si no había quedado claro, que Jackson y su equipo sabían muy bien qué se traían entre manos. Pero todas las bocas se cerraron, o más bien se abrieron en una mueca de asombro cuando el primer trailer vio la luz...


No tengo la menor duda: EL SEÑOR DE LOS ANILLOS es cine de autor, y aún más, un sueño cumplido, tras seis años de duro trabajo, realizado con un cariño, un mimo y un talento imposible de ver en cualquier blockbuster al uso. Casi dos años de desarrollo de guión, seguramente la tarea más jodida de todo el proceso, tratando de cuadrar y hacer justicia a esas más de mil páginas de novela, decenas de personajes determinantes en el relato y narraciones paralelas por doquier según avanza la historia con sus correspondientes subtramas que configuran una cosmogonía con sus propias reglas, culturas, idiomas, lineas temporales e intrahistoria. Un desafío, ante todo, para el que acudiría a la sala sin tener ni repajolera idea de quién era ese Tolkien. Aunque algunos fans se indignaron con ciertas licencias del guión, que nunca entenderán qué significa una adaptación y no una traslación (que si Tom Bombadil no aparece, que si se cambiaron algunas escenas de lugar, que si, ¡oh blasfemia! los elfos no pueden ser morenos...), no hay otra manera de definir el libreto que modélico. Aunque, efectivamente, en esas 11 horas se cuelan algunos momentos forzados, que no tienen nada que ver con la falta de literalidad con la novela sino con desajustes de algunas de las cientos de piezas del puzzle (el súbito enamoramiento entre Eowyn y Faramir es poco menos que ridículo, los diversos deux ex machina que ya existían en el libro siguen sin pulirse, como las tan convenientes apariciones de las águilas gigantes, y los tres sucesivos finales de la historia quizás sean algo excesivos), todo lo demás es sencillamente un asombroso ensamblaje, un mecanismo de relojería que sólo puede calificarse de portentoso. Y no sólo eso: me atrevo a decir que la ya de por sí señorial prosa de Tolkien alcanza por momentos en la película cotas realmente shakespearianas, de una belleza estremecedora, que elevan el poder de las palabras y la interpretación de los actores a cotas poco vistas en un presumible taquillazo. Pienso en la trágica muerte de Boromir, en las reflexiones de Gandalf en Moria acerca del valor de la existencia misma, o en todo lo que rodea a Lengua de Serpiente (extraordinario Brad Dourif, como siempre) y su pérfida manipulación en el palacio de Rohan. Es un guión tan bueno que resulta muy difícil, aun en los momentos más intrascendentes o relajados, encontrar un diálogo, monólogo o situación que esté vacía de contenido o, lo que es peor (y que cada vez me resulta más común en el cine mainstream), resulte pretenciosa o ridícula. Todo tiene un sentido, amigos, en muchas ocasiones coronado por un uso de las palabras que es pura hermosura. Un lujo.


Todo relato de aventuras es el relato de un viaje, exterior e interior, en el que sus personajes nunca son al final lo que eran al comienzo. EL SEÑOR DE LOS ANILLOS, en su vertiente fantástica, quizás sea una de las narraciones que mejor han sublimado este maravilloso concepto. Demasiadas veces en el cine postmoderno usamos tal epíteto a la ligera, cuando su ensamblaje, mayormente, no es más que un bombardeo inmisericorde de imágenes lanzadas a la velocidad de la luz que se limitan a saturar los sentidos y muy poco el intelecto, o la emoción, tanto da. Cinéfago empedernido como siempre lo ha sido, Peter Jackson destila amor por el cine por cada poro, en cada secuencia, en cada plano. Cierto, es muy fácil sentirse simplemente abrumado por las increíbles imágenes de esta película, pero recomiendo al menos interesado pegarle un segundo visionado una vez superado el subidón de adrenalina. Entonces descubrimos el perfecto ritmo narrativo de la historia, su sensual alternancia de momentos absolutamente impresionantes por su magnitud e intensidad (el pasaje en Moria y las batallas del Abismo de Helm y Minas Tirith, que puntean respectivamente las tres entregas) con otros cotidianos e íntimos, calmados, que apelan directamente a la belleza de los sentidos y a la sensibilidad tan frágil, tan humana. Mucho se ha comentado del maniqueísmo de los personajes, pero no puedo estar de acuerdo, puesto que constantemente entra  en juego cierta duplicidad de significado, los opuestos enfrentados, incluso una inquietante ambigüedad: los frecuentes diálogos de Gollum consigo mismo son los más evidentes, puro dolor existencial de un mismo ser escindido (Gollum VS Smeagol, en especial aquella secuencia de EL RETORNO DEL REY en que, partiendo de un sólo plano, de un monólogo interior, con un sutil movimiento de cámara se transforma con limpieza en un diálogo plano-contraplano: magistral sr. Jackson); la estancia en los dominios de Galadriel, que consigue aunar en una misma secuencia placidez sobrenatural y un pavoroso peligro inminente (la angelical reina elfa, en el fondo, da bastante miedo); las dudas permanentes en la mirada de Aragorn, rehacio a cumplir el papel para el que ha nacido y del que huye, tratando de anular su verdadera esencia (Trancos VS Aragorn); la sutil alternancia de Gandalf entre la sabiduría mística y ciertos destellos de poder desbocado, magnificado con su misteriosa resurrección, quizás el pasaje más enigmático de toda la obra, que de hecho transforma al propio personaje (Gandalf el Gris VS Gandalf el Blanco); el remordimiento y dolor de Theoden tras liberarse de su hechizo (tras ser literalmente expulsado de su estado vital anterior) al ver a su primogénito muerto (una vez más, una secuencia hermosamente shakespeariana, con esas flores blancas brotando de las tumbas de sus antepasados); la progresiva degradación de Frodo, que ya ha visto "el otro lado" y, como un yonqui del anillo (labios agrietados incluidos), conoce y saborea su nueva fuente de poder a través de un viaje que, a pesar de su ambiguo final feliz, nunca tuvo retorno; el pérfido Saruman, trepa, ambicioso y carroñero, que antaño fue un mago sabio y bondadoso; la misión suicida del último bastión de defensa de regreso a Osgiliath, narrada en un hermoso montaje paralelo en la que mientras Pippin entona una triste balada y los caballeros marchan a una muerte segura el senescal Denethor disfruta de un lascivo banquete, masacre que Jackson, con cierto pudor y respeto, nos ahorra mediante una brillante elipsis... y un largo, largo etcétera. Toda la película está plagada de juegos con los "dobles", especialmente, como digo, en los remansos de tranquilidad, que en realidad casi nunca lo son, sólo lo parecen. Las épicas batallas, tan espectaculares ellas, también se libran dentro de casi todos los personajes, constantemente, que con frecuencia se observan a sí mismos reflejados (en la fuente de Galadriel, en un charco, en las ciénagas, a través del Palantir...). Lo que proyectamos como individuos, nuestra imagen, el espejo deformante nos lo devuelve con crueldad. No es casual que la representación de Sauron sea... un ojo, omnipotente y omnipresente.


Y esto, todo esto, es puro cine amigos. Cine que mira a los clásicos con devoción y respeto, que bebe a paladas de (y aquí los puretas me apedrean) LAWRENCE DE ARABIA o EL HOMBRE QUE PUDO REINAR, pero que exprime la tecnología al máximo (siempre al servicio de, no como fin en sí misma) y demuestra hasta dónde se puede llegar. Porque creo que EL SEÑOR DE LOS ANILLOS es la película que rompió para siempre la gran barrera, el último muro de contención narrativa: desde entonces, si puedes imaginarlo, ya SÍ puedes rodarlo. Prescindiendo de miles de ejemplos de la elaboradísima técnica mixta de efectos especiales de la gente de Weta (se usaron maquetas, prótesis de latex, sofware de última generación, decorados a escala real, infografía, mattes, cromas y también efectos visuales tan básicos como la perspectiva forzada, cuyo origen se remonta a Melies, a veces todo en un mismo plano), yo me quedo con uno sólo: Gollum, la demostración de que, a la hora de la verdad, la técnica nos la sopla a todos y lo que importa es el resultado, la emoción. Gollum es una criatura infográfica y es tan real y relevante como cualquier otro de los personajes que pululan por la pantalla. Su origen binario se olvida al instante. Porque Gollum derriba la última frontera y aún es, a día de hoy, cuando ya estamos saturados de tanta cosa digital, una creación perfecta, insuperable, una obra de arte en sí misma, un milagro. Como asombroso es el casting al completo, sin grandes estrellas y buscando cierto poso teatral en sus intérpretes, ajustados cada uno de ellos a sus papeles como un guantelete de acero, entre los que destacan los más veteranos de la función, todos con larga trayectoria encima de las tabas y, ¡oh sorpresa!, con mucho Shakespeare a sus espaldas. Chistopher Lee, imponente (éste sí que es "la voz"), Ian Holm con su conmovedor Bilbo Bolsón, Bernard Hill detrás de un magnífico Theoden; el inmenso John Noble y su desequilibrado Denethor y, sobre todo, un Ian McKellen que nos regala al mejor Gandalf posible, matizado, siempre sutil, controlando cada mirada y cada gesto con esa maestría que sólo dominan los más grandes. Observad sus ojos. Un espectáculo. Hasta la pavisosa Liv Tyler es capaz de emocionar con la fragilidad etérea de Arwen.


EL SEÑOR DE LOS ANILLOS es un hito en la historia del cine, por muchas razones. Han pasado más de diez años ya, y en estos momentos convulsos, cuando la fecha de caducidad de las grandes producciones cada vez es más estrecha, la épica, enorme película de Peter Jackson ya ha pasado la prueba del tiempo. A diez años vista, esta película no es susceptible de remakes, ni lo será, pues roza la perfección, sigue vigente y en el podium de la fantasía heroica, imitada hasta la saciedad por epopeyas como 300 o IMMORTALS, incluso por otras mediocridades como TROYA o BLANCA NIEVES: LA LEYENDA DEL CAZADOR.  Aunque no puedo negar que echo de menos al Jackson más soez y gamberro, y sonrío cada vez que le oigo hablar de una hipotética secuela de MAL GUSTO, su legado para la cultura popular es y siempre será EL SEÑOR DE LOS ANILLOS. Sus inmortales imágenes siempre irán ya ligadas a la novela original, como una sola entidad. Como Gollum y su anillo. Como Rajoy y sus mentiras. Como ese anillo demoníaco que siempre veo cuando miro la bandera de la Unión Europea. Un clásico del cine lleno de cine, con todas las letras. Eterna y universal. Única.


- Lo mejor: las inalcanzables cotas de excelencia que mantiene a todos los niveles, técnicos y artísticos, su  magnética capacidad de conmover la mente y el corazón y de dejar imágenes imborrables, su respeto hacia la obra original, el cariño, pasión  y dedicación que desprende... prácticamente todo

- Lo peor: pequeños desajustes y arritmias sin importancia que nunca logran empañar una película de esta categoría

  
  CABEZAS




PARANORMAN / EEUU / 2012
La gente de Laika se lo está currando muy mucho. Único estudio de animación stop-motion capaz de competir de igual a igual con los caprichos de Tim Burton y con los ingleses Aardman, ya sorprendieron a medio mundo con la excepcional CORALINE, bajo la batuta de Henry Selick y adaptando un libreto nada menos que de Neil Gaiman. PARANORMAN supone, para empezar, un firme paso adelante para el propio estudio, que asienta su fórmula y desarrolla clausula de estilo, jugando con las características de un producto mainstream para todos los públicos pero también con ciertos y jugosos detalles que fácilmente la distinguen de los demás. Precisamente, un preciosista gusto por el detalle, quizás sólo al alcance de los magos de Pixar, y una gozosa tendencia a la alquimia con nuestros géneros y modos favoritos (aquí se revuelcan zombies costrosos de pura serie B, cine de horror gótico, destellos de humor negro y moraleja no babosa) levantan la película muy por encima de la media en un año más bien soso en animación. Como  ya ocurría en CORALINE (repitan conmigo: obra maestra), PARANORMAN es una especie de "película de terror para niños listos" que hará las delicias de los infantes mientras las mamás y papás más rancios se removerán incómodos en las butacas en determinados momentos. Huyendo del tono melifluo habitual que pretende idiotizar al respetable con masivas dosis de azúcar, Butler y Fell articulan una pequeña delicadeza animada de ritmo cadencioso pero trufada de momentos de acción que son pura filigrana (la persecución en el coche o la pacífica invasión zombie del pueblo) y secuencias de una belleza y emoción que me recuerdan al maestro Miyazaki (todo el enfrentamiento final entre los dos niños, de terrible poética manga-zen). Un primoroso cocktail al que ayuda especialmente esa mágica calidez tan propia del stop-motion, ese gusto por el detalle, una galería de personajes que, en muchos casos, no son lo que parecen (atención a la naturalidad con el que uno de ellos declara abiertamente su homosexualidad, jeje) y una militante postura a favor a de la "anormalidad". Lo mejor en cine de animación del año junto con BRAVE (a falta de ver FRANKENWEENIE). Delicatessen para niños raros, como nosotros.

PD: por cierto, estrenada en español con el casposo título de EL ALUCINANTE MUNDO DE NORMAN, que se carga de un plumazo el divertido juego de palabras de su original

- Lo mejor: su voluntad de no ser una película de animación de usar y tirar, como tanta saga interminable, y el palpable cariño con el que está realizada

- Lo peor: un guión algo desigual que da demasiadas vueltas en su tramo final, pero es que no siempre uno puede tener material de Neil Gaiman con el que deslumbrar...

  CABEZAS


DIAMOND FLASH / España / 2011
Dirección, guión, producción, fotografía y montaje: Carlos Vermut
Directora de Producción: Carmen Martín
Ayudante de Producción: Lola Martín
Ayudante de Dirección: Pablo Hernando y Alberto Carpintero
Intérpretes: Ángela Boix, Miquel Insua, Klaus, Rocío León, Eva Llorach, Victoria Radonic, Ángela Villar


Acabo de ver DIAMOND FLASH. Ahora estoy sentado en el sofá, jugando con las volutas de humo y escuchando a PONY BRAVO, y pienso: ¿tiene sentido hablar de "cine de culto" en la era de Internet?. ¿Ein?. Hace poco más de diez años, DIAMOND FLASH habría sido una película secreta, indescifrable, literalmente inaccesible, viviendo en recónditos festivales y sesiones golfas con olor a porro y naftalina. Una obra sólo disfrutada por unos privilegiados, un rumor que haría babear a cinéfagos omnívoros ansiosos de nuevos ídolos audiovisuales a los que adorar. Ahora cualquiera en cualquier punto del planeta puede acceder a DIAMOND FLASH con un sólo click, legal o alegal, mimetizando el ritual, pero, ay amigos, sin el menor esfuerzo y, probablemente, sin el culto humano acompañando en sala oscura. El culto ahora es instantáneo, incluso con pelis que todavía ni siquiera se han estrenado. No sé si tiene sentido pues hablar de "cine de culto", al menos tal y como lo disfrutábamos hace unos años, pero tengo claro que si hay un film español en la última década que se haya ganado a pulso tan difusa etiqueta, es DIAMOND FLASH

También es un thriller

Primera advertencia: no tenía ni repajolera idea hasta ahora de quién era Carlos Vermut, no estoy metido en el rollete indie megaexclusivo gafapastil (que parece que es su público natural), desconocía que era un prestigioso autor de cómics y cortometrajista y sólo me resultaba familiar su apellido. Como mucho, decir que la película me ha recordado, no sé por qué, algunos cómics de Daniel Clowes. Afronto virgen DIAMOND FLASH. Segunda cosa: mola enfrentar DIAMOND FLASH con esta bendita virginidad, y recomiendo desde ya que dejes de leer esto y te pongas por la labor. Esta película obliga a posicionarse, pues no tiene piedad ninguna con el espectador. Retazos de historias (nunca historias completas) que se entremezclan en aislados bloques narrativos como el homigón (toma paradoja), que exige subliminalmente una total concentración en el respetable, que pasaba por allí, un estado que ralla la hipnosis. No os digo nada si uno se ayuda con una pizca de hierba. Un estimulante desafío o un terrible suplicio, a elegir. 

Vermut: culpable

El desconcierto es total de principio a fin, usando el principio del collage como arma arrojadiza, porque, veamos, en DIAMOND FLASH confluye drama social y existencial, thriller, melodrama familiar, terror, algo de comedia y... ¡tachán!: cine de superhéroes. Todo ello con una parsimonia exasperante en la que el amigo Vermut ha sido poseído por el espíritu de un Ingmar Bergman del s.XXI adicto al cine de David Lynch, la música pop y los tebeos. Las distintas historias de la película se alinean una detrás de otra esperando su turno, más que un puzzle, un tetris que, por supuesto, debemos encajar a nuestro gusto tras ese abrupto final. Pistas metafóricas que suceden ante nuestros ojos mientras nuestra mente se biloca, un trozo encajando piezas, otro volando en espiral. Como toda buena obra onanista, DIAMOND FLASH es larga de cojones (le sobra media hora, fácil), y Vermut no tiene intención de facilitar las cosas en ningún momento. Bien por él. Los personajes hablan, hablan y apenas dejan de hablar un minuto. Vermut los encuadra con la fría delectación de un cirujano, sin implicarse demasiado pero con algunos hallazgos interesantes (la conversación en la cama de las dos amantes, que apenas comparten plano y cuya posición es de clara dominación-sumisión, relación que más tarde se invierte, o esos inquietantes planos a contraluz en el hotel abandonado). Ideas-personajes-diálogos es el terceto sobre el que se construye la película, lo que deja de lado un trabajo visual más elaborado (la película, mayormente, es fea) y que tiene fragmentos más logrados que otros, por lo que el interés fluctúa, siempre sin salir del letargo que esta peli produce. Algunas destacan por su potencia general (la lynchiana primera historia de los dos hermanos y las presuntas fotos), otras por su intensidad (pero que pinchan en su aspecto visual, tosco, plano y sin interés) y alguna que juega la baza de la sorpresa y el toque bizarro (el tronchante tarot de los animales prehistóricos, o la hilarante resolución del segmento de la tortura). Por supuesto, tour de force para los actores, que también basculan entre momentos de una naturalidad impresionante a otros algo forzados, culpa de ciertas lineas de diálogo discutibles. Y en medio de todo ello, entre viejos traumas, malos tratos, sospechas de pederastia, amores complejos y niñas desaparecidas, una especie de visión doméstica del superhéroe, desprovista de cualquier artificio (como la peli en sí) que, si no he entendido mal, entiende la heroicidad como patología, pero a mil kilómetros de las espectaculares debacles con mallas de los yanquis. 

También hablan por teléfono

Os decía antes que DIAMOND FLASH obliga a posicionarse. Pues vale, yo no lo pienso hacer. Recomendad la peli a vuestros mejores amigos o enemigos, a elegir, porque tanto cuatro como ocho cabezas sería una puntuación injusta para una película que vive bajo sus propias normas, un estimulante ejercicio de mirarse el ombligo que no tuvo conflictos entre productor, director, guionista y montador (todos Carlos Vermut), por descontado original, arriesgada e hipnótica, pero que aún no tengo claro si esto es gran cine o un capricho de estilo demasiado autista. En todo caso, merece que la señalemos con el dedo.



- Lo mejor: esa hermosa sensación de lo insólito

- Lo peor: esa bizarra sensación de que te has tirado más de dos horas contemplando bellos bustos parlantes

SIN CABEZAS, AMIGOS