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THE WICKER MAN / Inglaterra / 1973
Dirección: Robin Hardy
Producción: Peter Snell
Guión: Anthony Shaffer
Música: Paul Giovanni
Fotografía: Harry Waxman
Intérpretes: Edward Woodward, Christopher Lee, Britt Eckland, Diane Cilento, Ingrid Pitt

Anoche vi THE WICKER MAN, una de esas que vas dejando pasar año tras año, que siempre está en tu cuenta de pendientes. Esta mañana no me la puedo quitar de la cabeza. Así que recupero el olvidado apartado De Culto para entrar en materia con esta, literalmente, inclasificable película inglesa setentera. Todo en THE WICKER MAN, desde el título (EL HOMBRE DE MIMBRE... tela), es muy extraño. Pudo ser una producción de la Hammer más crepuscular, pero no lo fue, aunque en estilo y forma bien lo parece, amén de las presencias de Christopher Lee, el puto amo, luego entraremos con él, y de la crujiente hammerette Ingrid Pitt. El libreto es obra del prestigioso Anthony Shaffer (FRENESÍ y LA HUELLA, nada menos), y la dirección la firma ese tal Robin Hardy, que desapareció del mapa treinta años hasta una especie de tardío spin-off de esta peli, titulado THE WICKER TREE... Hay diversos montajes de la película circulando por ahí, aunque ninguno es un director´s cut oficial. Los IRON MAIDEN se declaran fan y le dedicaron un tema homónimo hace poco, cuando lo único que suena en la peli es folk. Y es que todo es muy raro en THE WICKER MAN, incluidas las pelucas de Mr. Lee, oiga.

Echando una mano en la investigación

Vamos a ver. Entre canciones folk que hablan sobre cebada y maizales al atardecer, un policía inglés viaja sólo en su hidroavión (!) hacia la isla de Summerisle, valga la redundancia. El tipo es un cristiano estirado que no se quita el uniforme ni la gorra ni para excretar. Ha recibido una carta anónima que le advierte sobre la desaparición de una niña en la isla. Nada más llegar, un grupo de pescadores le toman el pelo a dos manos. Esto va a ser una constante. Después interroga a una señora, que niega que la desaparecida sea suya. Cuando el poli cree que se ha camelado a su verdadera hija para que confiese, se da cuenta que la cría le está tomando el pelo. Alquila habitación en el bar-pensión del pueblo, a tiempo para escuchar una entrañable (y elaborada) canción coral en la que todos los lugareños llaman puta a la hija del posadero, participando en el evento el posadero y su hija con evidente complicidad. Confundido, el policía descubre que todo lo que dan de comer en el bareto son conservas (!!). Tras rezar un avemaría, unos gritos interrumpen su reposo: Christopher Lee, como Lord Summerisle, disfrazado como de tuno, ofrece a su primogénito a la hija del posadero, que a estas alturas sospechamos que ha sido conejita de Playboy. Ella recibe al chaval para instruirle en los misterios del amor. Confundido de nuevo, el casto policía baja a dar un paseo nocturno para aclarar su mente y enfriar su entrepierna. Mala idea: en un prado se da de bruces con parejas que retozan alegres entre gemidos y estertores. Vaya. Esto es Sodoma y Gomorra en formato insular. Al día siguiente, nuestro intrépido investigador es toreado varias veces: por la responsable del registro y por el médico del pueblo, que directamente se ríen en su cara. De camino a visitar a Lord Summerisle, se fija en un ritual en el que unos jovencitos saltan desnudos sobre una hoguera. Lord Summerisle ha cambiado su atuendo de tuno por algo mucho más sport (según los parámetros setenteros). Lo que no ha cambiado es su inexplicable pelucón. Nuestro intrépido policía pregunta al Lord sobre el baile en pelotas de la muchachada:

- ¿No le parece peligroso que esos jóvenes salten desnudos encima del fuego?
- Sería más peligroso si saltasen vestidos, ¿no cree?

Lógico. Abandonada esta vía de investigación, el policía trata de presionar con psicología inversa al Lord, que parece ser el que maneja el cotarro, pero al Lord, francamente, parece que se la sopla todo excepto beber vino y retozar con su manceba. También presencia un ritual adolescente de adoración al sol y al Árbol de Mayo, una nueva tonada folk cantada con inusitada pasión. Ya en la escuela, descubre a la profesora (rubia platino macizota) enseñando a las prepúberes alumnas que el Árbol de Mayo es el símbolo fálico por excelencia. Y entonces las nueve niñas gritan a coro "¡falo, falo, falo!". Esto ya es too much para el beato, que entra en cólera (ligeramente) y pone las cosas en su sitio. En ese momento, tanto una alumna como la profesora le toman el pelo con una cucaracha.

En pelotas por el prado

A partir de aquí, todo son falos. Los setos, los árboles, los chismes paganos colgados de los arbustos. Todo. Cada vez más agobiado por los nulos resultados de su investigación, decide desenterrar el supuesto cadáver de la niña, pues hay una lápida con su nombre. Pero allí sólo hay una liebre muerta (vaya cachondeo). El enterrador se ríe en su cara. Por la noche en la pensión comienza a sonar otra canción folk, cantada esta vez por la hija del posadero, en la habitación contigua a la suya. Es una especie de canto de sirena en el que, mediante una poco sutil avalancha de metáforas fálicas y masturbatorias, invita al policía a follar toda la noche. El policía resiste con firmeza satigüándose durante unos minutos pero cuando la manceba, ya en riguroso topless, intensifica el rollo seductor, el tipo se resquebraja. Todo el bar, a coro, se une a la tentadora tonadilla, ella ya está en pelota picada y dando golpes en las paredes cual potranca, el policía se mesa el cabello, araña las paredes y, llegado el momento, ya no sabe si tirarse al tren o a la taquillera. Pero resiste casto y puro (aunque con gran dolor testicular). Su pensamiento recurrente es: "¡¿Pero es que aquí nadie conoce a Jesucristo?!" cuando debería ser "¡Aquí todo el mundo se divierte menos yo!". Inasequible al desaliento, el policía decide registrar una por una todas las casas del pueblo (repito: todas), investigación que, básicamente, consiste en mirar detrás de unas cortinas, caerse por unas escaleras y que una niña disfrazada de cadáver le tome el pelo. Hasta los belfos, el oficial lanza tímidas amenazas al pagano populacho, se toma un whisky y trata de largarse de la isla para buscar refuerzos, pero resulta que alguien a saboteado el hidroavión. Qué putada, se queda en el pueblo justo para las fiestas patronales.

Juegos florales: el Falo de Mayo

El día de fiesta consiste en que todos se disfrazan de animal del bosque (con inquietantes máscaras) y peregrinan por los prados para ofrecer diversos sacrificios a sus dioses. Antes, un tipo vestido de... ¿dragón con falda?... ha acosado al policía por las desiertas calles del pueblo. Otra vez hasta los belfos, el recto oficial decide noquear al posadero y ponerse su disfraz para pasar desapercibido. Casualmente es el disfraz de Fool (Tonto). Por si no había quedado claro. Así pues, el oficial peregrina haciendo el ganso con los nativos, dirigidos por un Lord Summerisle travestido con un pelucón negro y falda de encaje, que hace cabriolas con una hoz en la mano (¡¡!!). Finalmente la niña  desaparecida aparece atada en un risco. Parece que todo se acerca a su final. Y aquí lo dejo...

Lady Summerisle en acción... ver para creer

The real wickerman
¿Thriller de investigación rural? ¿Sátira religiosa? ¿Musical folk erótico? ¿Manifiesto pagano ye-ye? Imposible etiquetar una película que desborda cualquier género, amigos. Uno acomete tamaña marcianada primero expectante, después sorprendido, finalmente embelesado por la rareza y riqueza intrínseca de, repito, una de las películas más singulares y únicas de los 70. Soy consciente de que han analizado sesudamente esta película por activa y por pasiva, desde el punto de vista sociológico, psicológico y teológico, pero a mí me es imposible mantener la seriedad: me he reído mucho, mucho, viendo THE WICKER MAN, en algunas ocasiones por puro delirio, y he disfrutado inmensamente  mientras todo un culto pagano le tomaba el pelo a dos manos a ese beato policía hasta el ridículo más espantoso. Soy consciente de que el propio Christopher Lee, gran estudioso del rollo ocultista y pagano, la considera una de sus mejores películas. También es cierto que el film fue algo mutilado en su estreno (censura sexual y de la otra), así que cada uno saque sus conclusiones. Si bien el coherente giro final otorga peso específico a la película para el que necesite profundidad (vertiente dramática, ahora sí), creo que puestos en la balanza en esa hipotética lucha Paganismo VS Cristianismo, desde luego la película no se queda en un punto equidistante. Para nada. La mofa directa, sardónica e irónica contra el culto cristiano es más que evidente, en mi opinión. Y el disfrute sensual y vital de los paganos pone al pobre beato en su sitio, dejando al descubierto su inherente estupidez existencial. No digo más. Los años pasan, pero seguimos igual, o peor:  hoy en día el estreno de esta peli sería un escándalo. Obviad, por supuesto, el flatulento remake protagonizado por Nicholas Cage hace un tiempo, que sólo comparte con la original el delirio capilar, nada de su carga subversiva, y tiraos de cabeza a por esta película. No hubo otra igual.


- Lo mejor: inclasificable, libre, divertida e iconoclasta, tocada por ese aura genial imposible de explicar

- Lo peor: que te identifiques con el protagonista

  CABEZAS




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