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A Gus Van Sant le sigo, pero con el intermitente puesto. Me gustan bastantes de sus películas (Mi Idaho Privado, Drugstore Cowboy, El Indomable Will Hunting), otras las detesto (Psycho o Last Days, por el amor de dios), alguna me causa indiferencia total (Elephant, Persiguiendo a Forrester), y otras pocas siguen en la recámara esperando su turno (Paranoid Park). Supongo que mis opiniones sobre su cine son como su propio cine, que varía de estilo y pretensiones con una alegría que unas veces me contagia y otras no. Afortunadamente, Mi Nombre Es Harvey Milk pertence al primer grupo, a las buenas.

Como buen cineasta que es, Gus sabe acoplar como un guante lo que quiere contar al cómo lo quiere contar, y eso es muestra de sabiduría, amigos, es la base del buen cine. En esta ocasión nos regala uno de esos biopics tan al gusto hollywoodiense con la vista puesta en los oscars, que supongo muchos gafapasteros van a rechazar de plano porque la peli no está rodada en 16 mm con un grano como el culo de un vaso, los diálogos se entienden, la cámara (el director) nunca es protagonista de la historia y el montaje es limpio y claro como el cristal. Allá ellos, porque lo que aquí ha hecho el bueno de Gus es su jugada maestra, su supremo acto de reivindicación ética dentro del propio sistema de estudios, su más inteligente muestra de activismo jugando a placer con las convenciones mainstream, y, a posteriori, la forma más efectiva y masiva de lanzar a la palestra, una vez más, los conflictos políticos y sociales derivados/provocados por la militancia gay, con un trasfondo histórico absolutamente sincero, emocinante y, ante todo, didáctico, sin caer nunca en el panfleto ni en la propaganda barata. ¡Ole!

James Franco, subiendo como la espuma

Utilizando de manera sabia muchas imágenes de archivo que a la postre funcionan como un puzzle en la trama, esta historia se beneficia de un perfecto equilibrio entre el recreacionismo histórico del San Francisco de los años 70 y la formación y desarrollo del movimiento gay en la ciudad (perfectamente plasmado y explicado en imágenes, gracias), pero también de los momentos íntimos del protagonista, curiosamente sin caer nunca en la hagiografía demagógica ni en el dramatismo barato. Como siempre que Sean Penn asoma la jeta, pero en esta ocasión aun más, su interpretación vertebra toda la película con un trabajo formidable, preciso y sutil, en un tipo que parece que nunca pone el piloto automático (como sí hacen otros "grandes" consagrados), sino que vive y siente y hace sentir cada gesto, cada palabra y cada mirada como propio, y sabe transmitirlo al espectador con una pureza y una verdad que te desarma. El resto del elenco le secunda, contagiado de esa especie de infinito ánimo del Harvey Milk real, de su optimismo y de su fuerza ética y vital, y todos rubrican un coro de seres absolutamente vivo y creíble, a excepción del mexicano Diego Luna, que construye un personaje incomprensible con una interpretación nefasta. Una nota discordante y fuera de tono en una bella y sencilla sinfonía sobre el sacrificio (involuntario), la justicia y la esperanza.



Como decía antes, una jugada maestra y mayoritaria para una película notable y sincera, llena de energía, que quizás a alguno le pueda parecer trasnochada (lucha por los derechos civiles de los gays, a estas alturas) pero que, si uno se para un poquito a analizar los discursos (reales) de la ultraderecha católica yanqui de hace 30 años, quizás pueda encontrar ecos casi literales en algunos discursos que, aún hoy, la ultraderecha católica española sigue enarbolando sin rubor. ¿Una lucha trasnochada? Vean Mi Nombre Es Harvey Milk y piénsenlo otra vez, por favor.


El Milk real, frente a su tienda fotografía y militando


- Lo mejor: la película en su conjunto

- Lo peor
: la interpretación de Diego Luna



CABEZAS

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