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MOONRISE KINGDOM
EEUU/2012

Ya iba siendo hora que en este 2012 despuntase algo así amigos, una de las que se pegan a la piel y aún sientes su aroma y su sabor muchas horas después de abandonar la sala. Wes Anderson es un tipejo que siempre me ha interesado. Excéntrico y bastante anormal en su concepción del cine, su muy personal universo vital embadurna cada uno de sus planos de manera inequívoca: no hay espacio para la confusión. Ya puedes estar en primera fila, con prismáticos o haciendo el pino-puente, porque siempre verás lo mismo: "Esto es una peli de Wes Anderson". Así pues, este peculiar ser humano divide al respetable entre quienes aplauden su mundo, sus colores, sus criaturas y su particular sentido del humor y quienes, sencillamente, no logran entender un pimiento de nada ni conectar lo más mínimo. Servidor, más bien de los primeros, aunque siempre he encontrado bajones de ritmo, secuencias tontas en guiones nunca redondos, salidas del tiesto por la pata y algunos momentos algo irritantes, fruto del ansia viva del que quiere imprimir su sello en cada fotograma, como sea. Tampoco es que sea un gran problema, porque el cine no es perfección, es ante todo emoción ética y estética. Y de todo eso, de emoción, de ética y de estética, en MOONRISE KINGDOM tenemos a paladas. De nuevo a vueltas con su particular sentido de la familia, constante que articula cada una de sus películas dentro de su particular universo. Aquí, un mundo que no es inabarcable sino pequeño, donde un enamoramiento infantil fagocita una hermosa historia llena de recovecos existenciales y verdad pura, tan llena de sentimiento, ternura y emoción como del habitual delirium tremens de su autor. Tan real como soñada, con los pies en la tierra y la mirada en el cielo, una vitriólica búsqueda  vital que reivindica todo eso que de verdad importa, eso que nos hace sentirnos vivos, aunque sea a través de un cristal deformante. Para sustentar su férreo armazon, ese magnífico guión escrito a cuatro manos con Roman Coppola, el habitual casting andersoniano, tan espectacular como siempre, pero que además cuenta con dos incentivos que elevan la película todavía a cotas más excelsas: por un lado esa pareja de niños protagonistas, nueva prueba irrefutable de que en los USA a los niños actores los crían en granjas genéticas, porque no es normal ese nivelazo; y por otro la incorporación de Bruce Willis, tipo que, mucho más allá de sus clásicos macarras en camiseta interior, algún día será considerado como lo que es: un pedazo de actor como la copa de un pino. Con todos estos ingredientes, sabiamente dosificados y envueltos en una puesta en escena sencillamente deslumbrante y de una calidad plástica apabullante, Wes Anderson loga, por fin, lo que se estaba resistiendo en su filmografía: su película más equilibrada, reflexiva, redonda y zen, secuestrando nuestra atención como una nana hasta el último fotograma mismo de los créditos finales. Y eso, tratándose de Anderson, no es moco de pavo. La gran hermosura de lo que llevamos de año. Imprescindible.

- Lo mejor: con ustedes, la mejor película de Wes Anderson


- Lo peor: que no te guste Wes Anderson

  CABEZAS




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