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DJANGO UNCHAINED / EEUU / 2012
Dirección y guion: Quentin Tarantino
Producción: Pilar Savone, Stacey Sher y Reginald Hudlin
Fotografía: Robert Richardson
Montaje: Fred Raskin
Diseño de producción: J. Michael Riva
Vestuario:Sharen Davis
Interpretación: Jamie Foxx (Django)Christoph Waltz (Dr. King Schultz)Leonardo DiCaprio (Calvin Candie)Kerry Washington (Brommhilda)Samuel L. Jackson (Stephen), Walton Goggins (Billy Crash), Dennis Christopher (Leonide Moguy)Don Johnson (Big Daddy), James Remar (Butch Pooch / Ace Speck), James Russo (Dicky Speck), Franco Nero (Amerigo)

Dos hombres y un destino

Domingo Santo y Quentin Tarantino cada vez más blasfemo, sabedor de que sólo blasfema correctamente quien se conoce el dogma al dedillo. Más que sobrado de talento, inteligencia y testosterona, desde KILL BILL la obra del este señor se dedica a blasfemar no sólo sobre los géneros cinematográficos que ama, sino sobre la propia Historia Contemporánea, así, con mayúsculas, escalando la montaña de cada arquetipo de narración y clavando su pica audiovisual para reescribirlo a su gusto bajo el perenne mandato de la serie B. Es habitual que de un tiempo a esta parte buena parte del fandom tarantiniano diga con la boca pequeña que "el Tarantino de antes molaba más", afirmación puramente subjetiva que no comparto, porque puede derivar en la frustración de esperar algo que no llega y que impida desfrutar de lo que hay, que es mucho, variado y suculento.

Los dos Djangos: la D es muda

Que Tarantino dirigiese un western era sólo cuestión de tiempo, y que tirase de referentes más europeos que yanquis una obligación, tal y como hizo con el pastiche euro-bélico de MALDITOS BASTARDOS. Invocar a Sergio Leone en DJANGO UNCHAINED es, pues, una obviedad, como lo es citar a Sam Peckinpah. En especial, la gravedad operística de HASTA QUE LLEGÓ SU HORA deslumbra sobre este Django como la luz de un faro, a la que el geniecillo cabrón de mandíbula prominente reboza en su habitual pátina pop-vintage, lo que le permite alternar todo el rato entre un cada vez más intenso poso dramático (que, en realidad, existe en sus pelis desde RESERVOIR DOGS) y esa ligereza socarrona tan suya y tan intransferible. Agarrar los resortes clásicos de un género tan codificado y poco permeable como el western y hacerlo suyo hasta la trancas, con un ojo puesto en el disfrute irónico y otro en un aspecto de la historia reciente de su patria: la esclavitud. 

Tan Mandingo como Kunta Kinte

La alquimia resultante, explosiva como siempre en el cine de este mastuerzo, ha molestado a (casi) todo el mundo por su blasfemia: los sectores más retrógados ven una exageración demagógica en el brutal tratamiento tarantiniano de este genocidio que sucedía dentro de sus propias fronteras (siempre hablan de demagogia cuando no son sus argumentos), mientras que los más progres (con Spike Lee a la cabeza) no son capaces de asimilar que en un relato que trata este tema también haya lugar para el sarcasmo, con esa sobredosis de "¡nigger!" que preña la película y coñas con el Ku-Klux-Klan, pero lo que les resulta demasiado es el ya inmortal personaje de Stephen (irreconocible Samuel L. Jackson), ese negro con su parcela de poder que perpetúa la opresión hacia sus hermanos con mano de hierro. ¿Un negro racista y clasista, mano derecha del amo esclavista? Demasiado para según que mentes preclaras, amigos, supongo que las mismas que no recuerdan a los judíos que dirigían pabellones en campos de concentración nazis, no hace tanto tiempo...

El horror desde dentro

DJANGO UNCHAINED es, literalmente, un blaxplotation-western blasfemo y multirreferencial en el que los negros van a caballo e imparten justicia poética y se mean sobre la tumba de John Wayne, un hiperbólico y visceral cuento sobre violencia desatada (¡gore!) y también sobre la capacidad de resistencia y la necesidad de dignidad del ser humano, en el que, por si no había quedado claro, se permite hasta cambiar de color la tan aria y wagneriana leyenda de Sigfrido. Quentin demuestra una vez más que sólo aquel que conoce (y se avergüenza) del pasado más terrible de su país está en disposición de no repetir los mismos errores, porque la mejor manera de exorcizar viejos fantasmas es sacando toda la mierda a la superficie, aireando las heridas para que puedan cicatrizar. Porque ellos también sufrieron su propia guerra civil. Que aprendan algunos por aquí.

Leone y Peckinpah, juntos en el mismo plano

Leo-Monster en acción
Como es norma de la casa, el elenco al completo se engrasa y acopla a la maquinaria tarantinesca como un guante. Es cierto que sus proverbiales (y eternos) diálogos están mutando, más bien, en extensos monólogos. Quizás el elemento chispeante e impredecible propio del intercambio de palabros esté minimizado, pero estas parrafadas monolíticas permiten a todos los personajes exponer sus razones, por muy delirantes que estas sean, y, sobra decirlo, otorgan a los actores un material con el que disfrutan como niños. Sería algo tontuno destacar a alguien de tan sabroso elenco, están todos magníficos, pero no queda otra que doblarse el lomo en tremenda reverencia hacia Christoph Waltz, un señor que con la mayor ligereza y naturalidad, como que pasaba por allí, se come la pantalla, un tío que interpreta hasta de espaldas. De DiCaprio no digo nada, que desde SHUTTER ISLAND ya me tiene comprado, el querubín que, cuanto más deforme (psicológicamente), mejor resultado (atención al insoportable in-crescendo de tensión que culmina con la secuencia de la calavera y el martillo... uf...). Y por último, por puro riesgo suicida, el personaje de Stephen a manos de un avejentado Samuel L. Jackson, capaz de construir una criatura en el borde mismo de la parodia pero sin caer en ella, y seguramente el elemento de DJANGO UNCHAINED que todo el mundo recordará con más intensidad (incluido Spike Lee).

The Mississippi Shotgun Massacre

Mucho se ha comentado que este DJANGO es una película excesiva, de metraje desmesurado, de ritmo irregular y que se empantana hasta el absurdo en su último tercio. Todo eso es verdad, y añado: también es un film orgulloso de sí mismo, pasional hasta la víscera, honesto como pocos y nada complaciente, ni en el fondo ni en la forma. No es necesario ponerse todo el rato estupendo para reflexionar sobre asuntos importantes (¿eh, sr. Spielberg?). No es necesario rodar una película perfecta para regalar momentos del mejor cine. No es necesario hacer cine convencional para trascender sin causar somnolencia, pues los hijos bastardos del celuloide, la mezcla de sangre audiovisual en una misma criatura, suele dar los resultados más estimulantes. ¿Que no te gusta Tarantino?... ¡Blasfemo!

Así de grandes los tengo, caballero

- Lo mejor: la confirmación de que cualquier secuencia en el cine de Tarantino vale más que la mitad de los estrenos yanquis del año, un tipo que sigue sin dar su brazo a torcer

- Lo peor: la palabra "elipsis" no está en el diccionario de Quentin  y el concepto "montaje del director" es una idea incomprensible para él

  CABEZAS


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